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Vuelo 751

20 Nov

7 de diciembre de 1991. Aeropuerto de Arlanda, Estocolmo. 6.00 horas. La megafonía anuncia que el avión McDonell Douglas va a despegar destino aeropuerto de Frederic Chopin de Varsovia con escala en Copenhague. Hay riesgo de nieve…

El capitán Stefan G. Rasmussen y su pirmer oficial, Ulf Cedermark, despegan la aeronave bautizada como Dana Viking, matrícula OY-KHO. A bordo llevan cinco sobrecargos y 122 pasajeros, entre ellos el gran portero de balonmano Tomas Svensson.

Día gris luminoso, amenaza tormenta de nieve. Hace frío, mucho frío. El termómetro no logra alcanzar los 0 grados. Está siendo un invierno crudo en Escandinavia. Los pilotos reciben la autorización de la torre de control: “pueden despegar”. Y entonces avisan al pasaje: “abróchense los cinturones, vamos a salir, deseamos que tengan un buen viaje”.

El aparato blanco corre por la pista, coge la velocidad necesaria y comienza a elevar la proa. Es el punto de no retorno. Se levantan los trenes de aterrizaje y, de repente, dos impactos en los dos motores traseros se suceden al mismo tiempo. El avión se desnivela. Algo está alterando las corrientes de aire en las alas. Sólo llevan 25 segundos en el aire y tratan de desacelerar los motores. No pueden.

Han pasado 78 segundos desde el momento del despegue. Se apagan los dos motores. El capitán Rasmussen consigue nivelar el aparato tras un picado controlado. Les separan 980 metros del suelo.

“Torre de control de Arlanda, pedimos permiso para regresar de inmediato, nos fallan los dos motores traseros”, grita por radio el capitán. El primer oficial Cedermark y el capitán Holmberg, que se encontraba en el avión como pasajero y que corrió hasta la cabina al percatarse de los problemas, tratan de reiniciar los motores. Las nubes no permiten ver a qué distancia están de la tierra. Nadie consulta el altímetro.

Se abren las nubes, el suelo está demasiado cerca, a 270 metros. El capitán Rasmussen suda y guarda la calma. Ha visto un claro de bosque a su derecha. Ordena a todo el pasaje que adopte la postura de choque.

El avión cae poco a poco. Los pilotos intentan mantener los frenos aerodinámicos al máximo para que el golpe sea lo menos violento posible. El ala derecha del avión golpea la copa de los árboles. El impacto es inmediato.

La colisión con los árboles provoca que el avión caiga a tierra con la cola por delante. Se desliza con la panza por la nieve como un trineo descendiendo sin control. La nave se parte en tres. El aparato detiene su deslizar descontrolado. Silencio.

Silencio. Tomas Svensson abre los ojos, mira a izquierda y a derecha. Mira su cuerpo. Mira sus manos. Se frota el rostro. Vuelve a mirar a izquierda y derecha. Reina el silencio. Se incorpora como puede en el asiento. Mira adelante y atrás. Silencio. Las miradas de terror entre los pasajeros desatan la tensión. Gritos, lloros, abrazos, arañazos, golpes, dolor, incredulidad. No hay muertos. Ya son los 129 supervivientes del que se conocerá como “milagro de Navidad”.

Rasmussen, Cedermark y Holmberg lo han conseguido, son los héroes del accidente de Gottröa. “La fortuna radicó en que las bajas temperaturas y la nieve impidieron que el combustible ardiera y el avión estallase”, recuerda un serio Svensson de mirada perdida.

Sirenas, luces, ambulancias, policía, bomberos, hierros, ruido, nieve, frío, caos, milagro. El combustible se había helado después de haber estado el aparato toda la noche a la intemperie. El hielo transparente cubría todas las alas. La pericia de los pilotos consiguió que tardaran en caer cuatro minutos, cuatro largos y eternos minutos que salvaron la vida de todos los ocupantes del vuelo 751. “Si has tenido un accidente aéreo es muy difícil volver a tener otro, es casi imposible, es el transporte más seguro. Si viajas conmigo ya no te puede pasar nada”. El guardameta habla como si estuviera vivo por regalo de la diosa fortuna, aliviado por haber esquivado la guadaña de una muerte casi segura, inmortal en asuntos de vuelo, impactado por contar una historia con final demasiado feliz como para ser real. “No me preocupaba el impacto, lo más duro era ser consciente durante esos cuatro minutos de que no íbamos a sobrevivir”.

Hielo, uno fina capa de hielo, capaz de desprenderse golpeando los álabes y dificultando el vuelo. Un cúmulo de trágicas casualidades que salvaron unos pilotos que nunca se habían subido a un simulador de vuelo ni tenían la más remota idea de cómo reiniciar los motores. “Cuando viajo en los aviones intento ir al lado de una persona de complexión fuerte, alguien alto, que pueda dominarme si me entra el pánico”.

En el vuelo 751, en aquel MCDonnell Douglas MD- 81 de la aerolínea SAS, Svensson ocupaba el asiento del pasillo. “No veía nada de lo que estaba pasando, me angustiaba, quería saber qué sucedía. Ahora viajo siempre en ventanilla”.

Aquel despegue ha marcado su vida y a punto estuvo de poner fin a su carrera: “Tuve que elegir entre mi profesión, que me exige volar, y entre no volar. Elegí mi profesión”. Ahora se ha convertido en un experto en aviación y en ejercicios de relajación para cuando se altera en los despegues y aterrizajes.

El Gottrörakraschen, como se conoce el accidente aéreo de aquel fatídico 27 de diciembre, cambió la filosofía de vida de Tomas Svensson. “Puedes ir hacia arriba o hundirte”. El camino que siguió el sueco queda claro. A sus 44 años todavía defiende la portería del Reihn Neckar Lowen de la Bundesliga. En su mochila, éxitos en Asobal con Atlético de Madrid, Bidasoa, FC Barcelona, San Antonio y Valladolid.

Quizá supo en aquel avión que no era su momento porque no pasó la película de su vida por su cabeza. No se vio levantando sus dos mundiales, sus dos europeos ni sus tres medallas olímpicas. No se vio levantando sus seis ligas ni sus seis copas de Europa.

Siempre ha dicho que le gustaría llegar a la jubilación jugando y, conforme las canas van apareciendo en su pelo, se puede pensar que el bueno de Tomas, cuando lo decía, no estaba de broma: “Los últimos años de mi vida han pasado volando”. Paradójico.

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El ángel dorado: Joaquín Blume

28 Oct

El 21 de junio de 1933 nació en Barcelona Joaquín Blume Carreras. Su madre le dio a luz en el número 1 de la calle de Santa Creu, en el barrio de Gracia, junto a la plaza de la Virreina, tal y como se puede leer hoy en una placa conmemorativa. Su padre era un profesor de gimnasia de origen alemán, tuvo que emigrar al país germano durante la Guerra Civil española. Al terminar el conflicto regresó a la ciudad condal y comenzó su carrera como gimnasta. Primero ingresó en la Escuela de Alemania de gimnasia deportiva y después continuó su preparación en el gimnasio propiedad de su padre. Allí entrenaba con aparatos de poca calidad mañana y tarde. Fue el primero en ejercitarse más de cinco horas diarias. No trabajaba ni estudiaba, su vida era la gimnasia.

No tardó en destacar. Con 15 años se proclamó campeón de España absoluto, y comenzó a marcar una época. Mantuvo los galones nacionales diez años consecutivos. Nadie podía hacerle sombra. Con 17 años recibió el “Diploma de Honor de la Federación de Gimnasia de España”. En nuestro país defendía los colores blaugranas de la sección de atletismo del Fútbol Club Barcelona. Extendió su deporte por todos los rincones de España. Le gustaba dar exhibiciones en todas las ciudades y pueblos que podía.

Fuera de nuestras fronteras comenzó a abrirse hueco en los Juegos Olímpicos de Helsinki, donde ocupó un humilde puesto 52. En los primeros mundiales que disputó en Roma, con 21 años, quedó en el puesto 44, y un año después, en la Copa de Europa fue décimo. Además de todos los éxitos deportivos, fue el primer español capaz de vivir de la gimnasia.

Fue considerado un héroe nacional en una época en la que la política española estaba necesitada de ellos. Tampoco en aquellos años proliferaban los éxitos deportivos españoles en el extranjero, y Blume era una idílica excepción.

Su especialidad era el ejercicio de suelo y, sobre todo, las anillas. El diario francés L´Equiope le apodó el Ángel Dorado. Era un genio dentro de la pista con su potencia y perfección en la realización de los movimientos gimnásticos, y fuera de la pista: hablaba cuatro idiomas y destacaba por su espíritu equilibrado, de lucha y superación. Su carácter analítico y detallista le convirtieron después en el líder indiscutible del equipo español. Y protagonista en el NO-DO.

Joaquín Blume siempre iba bien peinado, acicalado, de buen vestir. Resaltaban sus ojos claros que llamaban la atención de las damas. La elegancia caracterizaba sus paseos, la flexibilidad sus ejercicios, pero siempre se mantuvo discreto.

En los Juegos del Mediterráneo de Barcelona celebrados en 1955 se colgó siete medallas de oro y un bronce. Un récord para la gimnasia española. Curiosamente, fue en estos juegos cuando Luis Abaurrea, otro gran anillista español, logró hacerle algo de sombra empatando con él en una ocasión en el ejercicio de anillas. El único que puso en entredicho la hegemonía de Blume, aunque fuera sólo de manera efímera y circunstancial.

A pesar de ser uno de los abanderados del deporte español, estuvo a punto de solicitar la nacionalidad alemana. La razón, que España no iba a acudir a los Juegos de Melburne como protesta porque participaba la Unión Soviética que había invadido Hungría. Achim, apodo con el que le conocían sus amigos, sabía que podía tocar metal en los juegos, pero se cruzó en su vida Juan Antonio Samarach. El gimnasta tenía muchos contactos en Europa.

Samarach entonces era miembro de la delegación nacional de educación física y deportes representando a Cataluña. Fue capaz de convencerle para que siguiera compitiendo con los colores españoles, y desde entonces forjaron una buena amistad. Al año siguiente, en los Campeonatos de Europa disputados en París, Blume pudo resarcirse. Los países del este de Europa dominaban y copaban todos los podios de gimnasia, pero el español consiguió vencer el concurso individual general, además de cuatro aparatos: paralelas, caballo, anillas y barra fija. Consiguió desbancar al hasta entonces eterno favorito, Yuri Titov, y al también ruso Boris Shakhlin, campeón olímpico en 1960.

De nuevo motivos políticos le dejaron fuera de los Campeonatos Mundiales de 1958. Se celebraban en la URSS y el régimen español no mantenía relaciones con el soviético. Sus logros cobran mayor importancia porque a diferencia de los campeonatos actuales, donde los gimnastas pueden competir en una sola modalidad, los atletas de entonces debían dominar los cuatro aparatos de la competición: paralelas, caballo, barra fija y anillas, además de los ejercicios individuales.

Era uno de esos deportistas que no se encerraba en sí mismo. Intentaba compartir todas sus vivencias y conocimientos con sus rivales y amigos.

Las fotografías de sus ejecuciones del ‘cristo’ en sus distintas ejecuciones, ‘frontal’, ‘en carpa’ y ‘cristo invertido’ fueron portada de las más prestigiosas revistas de la época, así como de las secciones deportivas de los rotativos en todo el mundo. El grado de mito lo alcanzó después por lo que pudo ser y no fue. Pudo ser campeón olímpico y mundial, pero por diferentes razones no lo fue. Era el genio del cristo.

El Cristo de Joaquín Blume llegó a todos los españoles gracias, una vez más, al NO-DO. Hoy en día las condiciones físicas y los entrenamientos especializados permiten tener una mayor facilidad para hacer el Cristo, pero Joaquín Blume lo llevó al extremo.

Su carrera y su vida se vieron truncadas el 29 de abril de 1959. Blume, junto a su mujer y el resto de la expedición española, Pablo Muller, José Aguilar y Raúl Pajares, cogieron el vuelo 42 de Iberia, un Douglas DC-3 para volar desde Barcelona hasta Las Palmas de Gran Canaria para participar en un festival. Calló en el Pico de Toba, en Cuenca. Dejó huérfana a una niña. No hubo supervivientes. Con él se iban las esperanzas de que un gimnasta español se volviera a subir a lo más alto en Roma en 1960.

Su desaparición supuso un duro golpe para la sociedad catalana, que acudió en masa al multitudinario funeral celebrado en la plaza Cataluña de Barcelona.

Desde su fallecimiento no ha habido nadie en España que haya conseguido repetir o superar sus éxitos. En su honor, la Federación Catalana de Gimnasia inició en 1969 el Memorial Joaquim Blume de gimnasia artística masculina, la competición internacional más antigua de España. Polideportivos, escuelas, institutos, calles y residencias llevan con orgullo el nombre del gran Joaquín Blume, a lo largo y ancho de toda la geografía española.

A título póstumo recibió la distinción del COI como mejor atleta del mundo. Un reconocimiento al gimnasta que llegó a la perfección en la ejecución del Cristo, una posición que consiste en permanecer estático con los brazos en cruz al acabar el ejercicio. Él no lo inventó, pero quienes le vieron hacerlo en los Campeonatos de Europa de París, en 1957, dicen que fue perfecto y con una calidad plástica envidiable. Por algo se colgó el oro, y hasta hoy nadie ha conseguido repetirlo.

Hace tres años se cumplió el 50 aniversario de su fallecimiento. Nos dejó con 25 años y un palmarés envidiable. Fue elegido mejor deportista español por unanimidad del jurado tres años consecutivos, ente el 55 y el 57. Su casa la adornaba con los más de doscientos trofeos conseguidos en competiciones inferiores. Y con especial cariño en sus vitrinas, el Trofeo de las Siete Naciones que levantó en 1956, las medallas de oro de los juegos del Mediterráneo y el triunfo absoluto y las tres medallas de oro que se colgó en los Campeonatos de Europa de París en 1957.

Más allá de todos los títulos, lo que consiguió Joaquín Blume en la España de la dictadura no lo había conseguido nadie. Llenó plazas de toros en sus exhibiciones, decenas de chavales practicaron la gimnasia por seguir sus pasos y era el referente de la gloria deportiva española. La gimnasia de nuestro país se lo debe todo.

Ahora hemos crecido con la conquista del Tour de Francia, los mundiales de automovilismo y motociclismo, incluso con el mundial de fútbol. Claro que, ahora, el gimnasio de Barcelona donde Blume gestó sus éxitos ya ha cerrado y su lugar lo ocupa un enorme edificio de pisos.

 

El último romántico del fútbol español y un aniversario de los Beatles

22 Oct

Juan Carlos Valerón ha jugado su partido 300 en Liga con el Deportivo de la Coruña el mismo día en el que se cumple el 50 aniversario de la publicación de la primera canción de ‘The Beatles’. ‘Love me do’, una sintonía al amor que bien podría ilustrar el affaire del canario con su actual equipo.

Trece temporadas de fiel matrimonio lleva Valerón ligado al Deportivo. Llegó en verano del año 2000 procedente del Atlético de Madrid En total suma ya 383 partidos, sumando Copa y competiciones europeas, defendiendo los colores de su ‘SuperDepor’.

A nadie se le escapa que Juan Carlos Valerón es uno de los futbolistas más grandes que ha nacido en el fútbol español. Quizá el primero que mimó la pelota con magia, que maravilló en todos los estadios y que consiguió que se le despidiera en pie incluso cuando jugaba lejos de Riazor. Referencia internacional, creador de la escuela de toque de la que han aprendido Iniesta, Xavi o Alonso.

En Coruña ha celebrado una Copa del Rey (temporada 2001-2002) y 2 Supercopas de España (2000 y 2002). Pero también ha llorado un descenso (temporada 2010-2011). “El descenso duele más que las lesiones, porque sufre mucha gente”, contesta siempre el mago de Arguineguín cuando se le pregunta qué es peor.

Y eso que estuvo casi dos años en el dique seco por culpa de su maltrecha rodilla izquierda. Incluso se especuló con que podría decir adiós al fútbol profesional, porque nunca volvería a ser el que fue. Pero ha sabido reponerse y demostrar que ha olvidado la rotura del ligamento cruzado anterior que sufrió en 2006, de la que recayó nada más recuperarse y de la que se resintió nuevamente a comienzos de 2007.

Su toque y su visión de juego siguen intactos. Por él parece que no le pesan sus 37 años, siempre se ha cuidado y ha sido profesional dentro y fuera de los terrenos de juego. Sus compañeros , incluso, llegaron a pedir reconocimientos para él. “Valerón debería haber ganado el Balón de Oro”, declaró su compañero Víctor. Otro icono del deportivismo, Fran, confesó que “desde el primer entrenamiento se veía que era un futbolista diferente”. Con Irureta en el banquillo disfrutó sus mejores años de fútbol. “Vino a competir con Djalminha, pero se ganó el cariño de todos”, aseguró el entrenador vasco. Caparrós vivió la peor etapa del canario, los años de sus lesiones, y aún así convivió lo suficiente como para decir que “en el vestuario llevaba la capitanía, no sólo el brazalete, y se notaba en la moral de todos”.

Oltra confió en él para regresar a Primera, y la apuesta resultó ganadora. “Aquí gusta el buen fútbol, sería difícil entender otra cosa cuando el hombre fuerte de la plantilla es Valerón. Apostamos por un hombre que ha demostrado que le gusta el buen fútbol”, dice su actual entrenador. Y hasta cuando él quiera. De momento tiene contrato en vigor sólo para este año.

A Valerón le dolió tanto el descenso como le alegró el ascenso. “Ha sido el día más feliz de mi vida”, expresó exultante entonces. ‘El Flaco’ sonreía como el enfermo que acaba de recuperarse de una grave enfermedad. Sin embargo, hay algo de lo que no se puede curar, su profundo amor por el Deportivo de la Coruña. Fiel confianza demostrada con el año que guio el barco en Segunda División. Como un matrimonio eternamente enamorado, como si en un melancólico día sonara ‘Love me do’ de los Beatles en bucle hasta que pasaran otros 50 años.

 

España, principio y fin de la historia de Sébastian Loeb

14 Oct

Sébastien Loeb, el piloto más laureado de la historia del automovilismo, comenzó su triunfal andadura en España. El piloto francés debutó en el mundial en 1999 en el Rally de España, y desde entonces ha sumado 75 victorias y nueve cetros mundiales.

Es el piloto que más títulos suma en el mundo del automovilismo. Supera a Schumacher, con siete, Fangio con cinco, Prost, Kankkunen y Mäkinen con cuatro y Senna con tres mundiales. Loeb encabeza la lista de pilotos que pasarán a la historia por mostrarse implacables sobre el asfalto.

Ha conseguido sus nueve mundiales consecutivos con el equipo Citröen World Rally Team. Ostenta también el récord de victorias en rallyes con 75 triunfos. Parte de su éxito se basa en la confianza que tiene en su copiloto Daniel Elena. Monegasco de nacimiento, pero con familia en Galicia. Desde 2005 sólo han cedido la victoria sobre asfalto en dos ocasiones, en Monte Carlo (2006) y Alemania (2011).

El destino ha querido que la historia de Sébastian Loeb en el mundial de Rally sea circular. Debutó en 1999 en España y pondrá fin a su carrera en 2012, de nuevo, en España, última prueba del Mundial de este año. Ha anunciado que el presente va a ser su último mundial, a partir de la próxima temporada sólo competirá algunas carreras.

España pasará a la historia personal del piloto más laureado de todos los tiempos, como el inicio y el final de su cita con la historia.

 

Bobby Jones, un golfista de todos los tiempos

5 Oct

“El golf de alta competición se juega principalmente en un campo de cinco pulgadas y media: el espacio que hay entre tus orejas.” Es una de las frases más características de Robert Tyre Jones, más conocido como Bobby Jones. Nació en Atlanta el 17 de marzo de 1902. Un golfista que jamás se consideró como un profesional porque se tomaba su deporte como un hobby y no como un trabajo. Ganó tres veces el Abierto Británico y cuatro veces el US Open. Con solo 23 años y sin dejar de ser amateur, ya le consideraban como el mejor jugador de todo Norteamérica. Ya era historia viva del deporte.

Era un jugador calificado como perfeccionista. Su rival era él mismo. Se sometía a una gran presión psíquica en cada torneo para intentar superarse. Destacaba por su temperamento, a veces llevado a extremos. Arrojaba con ira los palos cuando no le salían las jugadas o cuando veía que los jueces no penalizaban ciertas jugadas. Llegó a ser suspendido por su arrogante comportamiento. En 1923 llegó a ganar 13 de los 21 torneos que disputó, pero 1930 fue su año.

La victoria fue siempre ligada a su nombre. Se alzó tres veces con el Abierto Británico, cuatro con el US Open y una vez con el Campeonato Británico Amateur. Se acostumbró muy pronto a ganar. Con tan solo 6 años se adjudicó su primer torneo en el East Lake Country Club, sin haber recibido previamente ninguna clase de golf. Con 14 años fue el jugador más joven en disputar con opciones el Campeonato US Amateur. Los cronistas del momento se asombraban de la calidad de su golpeo. Quienes le vieron jugar hablan de un perfecto balanceo en su swing y de un ritmo excepcional. Quizá lo conseguía porque sólo se dedicaba a jugar al golf tres meses al año.

Bobby Jones empleaba una varilla de acero para jugar, algo que ahora es normal pero que por aquel entonces era toda una innovación que pronto sustituiría a los palos de madera que se venían usando. Su nuevo concepto de golf le llevó a asesorar a la empresa Spalding en la construcción de palos. Rechazó 200 modelos antes de aprobar un juego de palos óptimo para su juego. También comenzó a designar a cada palo por un número en lugar de los antiguos nombres escoceses. Una novedad convertida en estándar en nuestros días.

En lo personal, era hijo de un acaudalado y prestigioso abogado. Tuvo una infancia marcada por su enfermedad, no pudo comer sólido hasta los 5 años. En 1924 contrajo primeras nupcias con Mary Malone y tuvo 3 hijos. Es el creador del famoso Masters de Augusta y del campo donde se disputa. Y es que Jones también destacó por ser un gran diseñador de campos. Su fama alcanzó tales cotas que la Warner Brothers le contrató para ser el primero en filmar 12 cortos educativos sobre golf. Modesto, con un gran sentido del humor y espíritu generoso, Bobby Jones destacó sobre todo por ser un verdadero gentleman.

Es uno de los golfistas más reconocidos de la historia, y eso que se retiró cuando tan sólo tenía 28 años y en la cima de su carrera, ganando cuatro majors esa temporada. Acompañó su excelente juego con una completa formación académica. Se licenció en Ingeniería por la Universidad de Georgia, en Literatura inglesa por la Universidad de Harvard y en Derecho por la Universidad de Emory. Toda su vida ejerció de abogado, a pesar de estar marcando una época en el golf. Además desarrolló su buena pluma escribiendo libros de golf y su autobiografía que tituló “A lo largo de la calle”. compartió sus conocimientos profesionales dando clases a los jóvenes talentos. No es de extrañar que se ganara el cariño de la gente.

Cambió el campo de golf por el campo de batalla en 1942. Fue capitán del ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial y tomó parte del desembarco de Normandía. En 1948 le diagnosticaron una rara enfermedad del sistema nervioso central, siringomielia, que causa primero dolores y luego parálisis, por lo que nunca más pudo jugar al golf. Tras 22 años de sufrir dolores, murió a la edad de 69 años, el 18 de diciembre de 1971. Fue enterrado en el cementerio de Oakland. Entre otros legados nos dejó garbadas algunas de sus clases magistrales.

La estela de Bobby Jones es alargada. En 2004 se estrenó una película sobre su vida, un film titulado “Bobby Jones, la carrera de un genio”. En la actualidad, una firma original suya está a la venta en una casa de subastas americana por 6500 dólares. Como no podía ser de otra manera, su nombre está inscrito en el Salón de la Fama del Golf Mundial.